miércoles, 20 de julio de 2016

El origen divino de las plantas, Ceralias

La humanidad ha sufrido dos grandes cambios a lo largo de su historia: la revolución neolítica y la revolución industrial. En la primera, hace unos 9 000 años, el hombre dejó de ser cazador-recolector para convertirse en sedentario. Los cereales fueron claves en ese nuevo periodo y el hombre de la época no dudó en encomendarse a los dioses para que el clima le fuese favorable y, de esta forma, poder controlar a la naturaleza.
La palabra cereal no tiene una derivación botánica estricta, sino que bajo esta denominación tienen cabida una serie de plantas herbáceas cuyo fruto suele transformarse en harina. Tienen cabida, por tanto, no solo plantas como las gramíneas (poaceae), sino también otras como las leguminosas (fabaceae), poligonaceae (trigo sarraceno) o chenopodiaceae. Su denominación deriva de la diosa romana del cultivo agrícola y la fertilidad, Ceres.


El imperio romano basó su desarrollo económico en la agricultura y el comercio. Los centros urbanos, desplazados hacia oriente, estaban bajo la influencia griega; sin embargo, si en algo superó con creces el imperio romano al heleno fue en las comunicaciones, lo que le permitiría poder actuar como un bloque sin fisuras. La Pax romana alcanzada por Octavio Augusto —cuando fueron vencidos cántabros y astures— fue el principio del gran auge del imperio, que alcanzaría su cenit en tiempos del emperador ibérico Trajano.
Este emperador fue el constructor del puerto emblemático de Roma, clave en las transacciones comerciales que permitían llegar con celeridad los productos agrícolas perecederos, como el grano que se producía en Alejandría y Cartago. En el siglo II antes de Cristo, el imperio romano ya había asumido del imperio griego la tecnología del pan, que se constituyó en el elemento esencial para la alimentación. «Pan y circo» era lo que se necesitaba para tener al pueblo contento, y las comunicaciones permitían que aquel llegara a buen puerto. Enclaves atlánticos como Cádiz, Oporto o Lisboa fueron frecuentados por los romanos y, sin duda, fueron paso obligado para las transacciones comerciales que se producirían con Canarias.


Hoy en día, el alejamiento que tiene la sociedad actual con la naturaleza ocasiona que le sea difícil percatarse de que el 95 % de nuestra alimentación procede del suelo. Con una economía de subsistencia, el europeo que en su día arribó en estas islas vivía plenamente integrado en el paisaje, por lo que no es de extrañar que las primeras datas de repartimiento de tierras especificasen que tenían que ser para «pan sembrar», haciendo más hincapié en el fruto que en la planta.
Si bien el aborigen ya cultivaba el cereal por el mes de agosto, al que llamaban «bellesmer», este nunca adaptó el terreno del modo en que lo hizo el europeo. Solo tenemos que contemplarlo para comprender el trabajo que supuso la construcción de las terrazas que lo allanaron para proceder a su cultivo. Por este motivo, la tierra fue siempre fuente para acceder a la riqueza y al poder, y ese sentimiento ha llegado a nuestros días. La alimentación y la sociedad estaban más estrechamente unidas y la devoción por el sustento recibido era un quehacer diario.



El adiestramiento del suelo requería su tratamiento. El grano debía ser sembrado: el morisco, de grano más pequeño, era la variedad de trigo más plantado frente a la barbilla, o castellana y, por su parte, el candeal o arisnegro era el que mejor se adaptaba a las medianías y cumbres. Tejina tenía posibilidad de cultivo en regadío y se decía que «barbechado y binado el terreno se resfría… y se forman con el arado las madres para regar. Cuando la tierra se halla en buen templero, se siembra al vuelo y se da una arada superficial y menuda para cubrir el grano… Si las lluvias no son suficientes, se riega de quince en quince días». En medianías se alternaba trigo y millo y, si la tierra era de secano, se alternaba también con el cultivo de garbanzos que enriquecían el suelo al fijar el nitrógeno. En algunas parcelas se hacía una rotación trienal con cebada y barbecho lo que exigía un aporte adicional de estiércol, por lo que se procedía de la siguiente forma: «Encerrándose por la noche el ganado ovejuno, en rediles portátiles o gambuesas, sobre la tierra vacía, y mudándose diariamente el lugar de aquellas hasta que todo el suelo se beneficie por igual con el excremento y el orín del ganado».



Una vez segado el cereal, en la era estaba la primera parada que sufría el mismo. Más de mil eras se han conservado hasta hoy, la mayoría de los siglos XIX y XX, y muchas de ellas con una gran plasticidad, lo que le confiere un gran valor etnográfico al suelo. La mayoría de forma circular, solían tener un pretil o muro con el fin de que el simiente no se saliese. Las tareas de trilla comenzaban con la cobra (caballos o mulos dando vueltas lograban asentar el cereal de una «parva», la cantidad del mismo que se empleaba de cada vez).
La trilla de una parva podía durar varios días, lo que nos da idea de lo fatigoso de la tarea. Una vez finalizadas las labores de trilla, se procedía a recoger el grano que, cernido y limpiado de impurezas, era conducido a un lugar seco protegido de las humedades y los roedores. El grano era almacenado en silos o graneros, en alhóndigas o pósitos, para proceder después a la molienda en molinos de viento o de agua.


Fue así que hasta bien entrado el siglo XIX la cultura del cereal condicionó nuestro paisaje. La vega lagunera —que, a pesar de su nombre, era completamente de secano— era un ejemplo del mismo. Caminos sin empedrar, molinos, pajares y eras fueron una imagen común que solo sería alterada por la trilladora, primero, y por el grano traído del exterior a comienzos del siglo XX, después.
Nombres como Los Silos, Icod de los Trigos, el Centenero o el Rodeo la Paja nos recuerdan estas tareas que fueron el centro de nuestra actividad social hasta prácticamente nuestros días, algo que se ha mantenido en nuestras costumbres y festejos de hoy.




En el pueblo romano las festividades en honor a Ceres o Ceralias tenían su antecedente en las fiestas griegas en honor a la diosa Deméter. En ellas se hacían sacrificios de animales y los festejos se prolongaban durante quince días, desde principios del mes de abril hasta el día diecinueve, fecha que, una vez cristianizada dicha fiesta, se transformó en la festividad del Espíritu Santo o de Pentecostés, que coincidía con la fiesta judía de las semanas, tal y como se contempla en el Éxodo: «También celebrarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año».

viernes, 20 de mayo de 2016

El orígen divino de las plantas, orchilleros









Aunque tanto las islas macaronésicas como Portugal están ubicadas en el océano Atlántico, su cultura es sobre todo mediterránea pues, no en vano, los puertos de Lisboa y Oporto fueron enclaves marítimos frecuentados por fenicios y romanos cuando Iberia era parte fundamental del Imperio romano. Luego, en el momento de la conquista de Canarias, ya habían pasado los siglos y el mundo era de otra manera; pero seguimos manteniendo esas raíces culturales.

Si el colorido de Miguel Ángel representa el Renacimiento humanista, el del Greco simboliza un Renacimiento místico, muy influido por los aires espirituales de la Contrarreforma protestante. Con el Concilio de Trento, la figura femenina de la Virgen cobró más protagonismo y fue representada como la Dolorosa de las crucifixiones, la Iluminada de Pentecostés, la Anunciación del Saludo, la Santificada de la Trinidad o la Coronada de las Solemnidades. Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz expresan en sus obras esos mismos sentimientos. En esta época, se establecieron dogmas como el Santísimo Sacramento, se afianzaron otros como el de la Santísima Trinidad y se funda la Orden de los Jesuitas de la mano de san Ignacio de Loyola, la Compañía de Jesús, que fue la encargada de divulgar por el Nuevo Mundo el Sagrado Corazón de Jesús con su color rojo característico.







Desde antiguo, los colorantes fueron demandados por los centros de poder económico y político y fue interés de los comerciantes encontrar sustancias tintóreas. Ya Juba II, rey de Mauritania, referencia a las islas atlánticas como islas Purpurarias y hasta estas costas venían en busca de moluscos como el murex cornutus (molusco que segrega un líquido viscoso y amarillento que, convenientemente tratado, tiñe de rojo violáceo). Sin embargo, su escasa población y las altas profundidades en las que se recoge inducen hoy en día a pensar que lo que venían buscando romanos y fenicios no era este molusco sino un liquen, la célebre orchilla, que crece sobre las rocas cercanas al mar.
En el momento de la conquista, la importancia que tenía la recolección de orchilla la demuestra el hecho de que la Corona se reservase el derecho de explotación como una regalía menor en las islas de realengo. Esta explotación la heredó Teresa Enríquez, prima hermana de Fernando el Católico, conocida como «la Loca del Sacramento». Actuaba como hacedor y fiel de las orchillas su criado, el conquistador Gonzalo del Castillo, que según narraban había casado con la princesa indígena Dácil[1]. En realidad con quien casó fue con la guanche Francisca Tacoronte y fruto de este matrimonió nació Juan del Castillo escribano oficial en estos primeros momentos de la conquista. Juan del Castillo era concuño de Bartolomé Gómez hijo del fundador Asenjo, alguacil de Tejina y secretario de la primera visitación que hizo el Concejo.





Nunca se supo el resultado de la propuesta que Viera hizo en la época ilustrada sobre la hierba pastel; pero sí se sabe, en cambio, que en aquella misma época la orchilla causaba verdadero furor como fuente del colorante rojo y que, combinado convenientemente con el azul, se obtenía el púrpura, tan deseado para las costosas telas de seda o lana.
En uno de los primeros discursos de la Real Sociedad Económica del País de Tenerife (impartido por José de Betancourt y Castro[3]) se describe cómo, en el homenaje a la proclamación del rey Carlos III, la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife premió a don Alejandro Saviñón por su trabajo sobre las treinta y una tonalidades diferentes alcanzadas con nueve preparaciones distintas de orchilla.
La orchilla es un liquen, que suele tener entre cinco y diez centímetros, con forma de minúsculo arbusto deshojado, cuya existencia canaria la conforman trece especies del género rocella. Crece, sobre todo, en los lugares rocosos de la costa, al nivel del manto de nubes, que le proporciona la humedad requerida cuando los vientos Alisios son frenados por los acantilados en las vertientes norte de las islas.





Aunque también se daba en otros lugares, la orchilla canaria era la más codiciada. Es característica la imagen del orchillero suspendido mediante cuerdas en los acantilados de Taganana que nos dejó Sabino Berthelot [2] para valorar el riesgo que suponía su recolección; en especial cuando la cuerda se encontraba separada de las peñas, lo que requería un balanceo que le alcanzase al liquen.
El tratamiento para la extracción de la orcaina, su principio activo, requería la molienda y el cernido, luego se colocaba en una vasija de vidrio y se humedecía con orina corrompida (amoniaco) al que se le añadía un poco de cal. Al cabo de una semana, se calentaba y se le añadía alumbre (sulfato de aluminio y potasio) y cremor tártaro, que actuaban como mordientes para fijar el color.
El color natural varía de un tono azul de flor de lino a otro tirando a morado. Y, con zumo de limón, podía adquirir un color azul. Pero todo tratamiento de la orchilla era un secreto bien guardado que formaba parte del arte de las tinturas de las telas, que eran objeto de los mejores premios.



Se hablaba de colores como el morado fino, auroras finos, turquí fino, morado de lirio, escarlata, etc. Por ejemplo, para cada libra de seda de color morado fino se ponían dos onzas y media de cochinilla, doce adarmes de agalla fina y cuatro de rasuras blancas. Para conseguir los colores de Lila, se le daba un baño de lejía de barrilla. Esta variación de color, en función de la acidez o la alcalinidad de las soluciones, es lo que fue empleado para la obtención del tornasol y su utilización como indicador universal de la acidez.
Comentaba Betancourt en su discurso, que nunca se encontraron en la orchilla propiedades farmacológicas, pero que podía dar fe de que era cierto lo que decían los orchilleros: que era un específico buen remedio para el dolor de muelas, como también lo era guisada en vino o en agua tomada como colutorio. Y también habían experimentado que la orchilla florida, bien majada, servía para curar las llagas.




[1] Del Mediterráneo hacia el Atlántico. La aventura colonizadora. Jose Luis Machado, pág. 74.
[2] Historia Natural de las Islas Canarias. P. Barker - Webb y Sabino Berthelot. Tomo primero segunda parte, PI 56.

[3] Discurso sobre la historia natural de la Orchilla. José de Betancourt y Castro. Real Sociedad Económica Amigos del País de Tenerife, sus primeros pasos, página 283.

jueves, 7 de abril de 2016

El origen divino de las plantas, la Hierba Pastel









Comentaba la farmacéutica chilena Dina Rossi, en sus teorías sobre el origen de las plantas, que solo la importancia que han supuesto estas para la supervivencia del ser humano justifica el empeño que han mostrado todas las civilizaciones para explicar su origen divino.

La mitología griega manifestaba de esta manera que existía una pareja que se amaba profundamente pero que, tal era la belleza de él, que Hera se encaprichó y deseó hacerle su amante. Sin embargo, él la rechazó diciendo que nunca abandonaría a su amada a la que siempre le sería fiel. Hera, despechada, la mató y, ante su asombro, él (apoyado en un laurel mientras lloraba por su amor perdido) se castró para demostrar su fidelidad más allá de la muerte. La sangre que se derramaba caía sobre la tierra, y de ella brotaron unas plantas con flores de color violeta. Desde entonces, el violeta simboliza el color de la melancolía, pero también de la fidelidad. [i]




Hoy en día podemos comprobar que la presencia de las flores y del pan son un elemento común en muchas fiestas patronales que tienen por finalidad la exaltación de la vida y de los bienes recibidos. La explosión de color que nos llega con la primavera ha sido también símbolo de fecundidad y la garantía de supervivencia que aparece tras la incertidumbre del invierno.





El número cuarenta y nueve, o las siete semanas de siete (que tantas implicaciones espirituales y sobre fecundidad tienen) no hacen otra cosa que reflejar esa necesidad humana de celebrar la llegada de la primavera. El hecho de que el día cuarenta y nueve de gestación se visualice la glándula pineal o los órganos sexuales del feto ha inducido a considerar que es en ese día cuando el alma toma posesión en el cuerpo y, por tanto, cuando comienza la vida humana, por lo que esta fecha entra de lleno en el debate sobre el aborto.
Por su parte, la fiesta de las mieses, o del grano apto para panificar, tiene la equivalencia en la cultura cristiana con la fiesta de Pentecostés o de llegada del Espíritu Santo cincuenta días después de la Resurrección, casi siete semanas, en la que con forma de llama este se presentó sobre las cabezas de los Apóstoles y la Virgen. A este día se le considera el inicio de la religión cristiana.
En el medievo era el color blanco el que se imponía en los vestidos de lino. Tener un vestido de color fue un auténtico lujo que solo se popularizaría siglos después con la llegada de los colorantes sintéticos, las anilinas. Cuando los portugueses fundaron Tejina, Europa estaba inmersa en un renacimiento cultural y Miguel Ángel pintaba la bóveda de la Capilla Sixtina. Pese a no considerarse pintor sino escultor, creó por mandato papal (en cuatro años y a luz de las velas) una verdadera maravilla dedicada a la creación del universo (lo que también le ocasionó la cervicalgia que arrastró toda su vida). En ella podemos contemplar cómo representó la creación de las plantas como acto consecutivo al del Sol y la Luna pero le dedicó solo una pequeña fracción del espacio porque a Miguel Ángel le interesaba más la representación de los cuerpos,, sobre todo el masculino.


El declive cultural que había supuesto la Edad Media provocó que en el Renacimiento utilizásemos a los clásicos como referente. Si los canarios hiciésemos lo mismo con nuestros ilustrados, nos llevaríamos gratas sorpresas. Viera y Clavijo se basó en la historia para proponer alternativas a las recién creadas Asociaciones Económicas Amigos del País. Propuso, por ejemplo, retomar el cultivo de la hierba Pastel o Glasto [ii], (Isatis tinctoria), un cultivo introducido por los portugueses desde Madeira y Azores tendente a la obtención del colorante azul que ha dejado rastros del mismo con topónimos como la Montaña del Pastel en los límites de los municipios de Tacoronte y el Sauzal. Dejó otros más claros en la isla de El Hierro, en donde se han conservado los molinos de piedra característicos, similares a los aceiteros, en los que una muela superior gira verticalmente sobre la piedra inferior alrededor de un eje de madera vertical.
En febrero se hacía la primera plantación, que se recogía en junio. Hasta tres plantaciones se hacían al año. Después de recogidas las hojas, muy parecida a las del llantén (Plantago major) se dejaban marchitar algunos días antes de la molienda. Reducidas a pasta las hojas, se sacaban del molino y se apilaban en montones apretados para permitir la fermentación. Durante diez o quince días se secaban de nuevo mezclando la masa y transformándolos en bolas de aproximadamente una libra (327 gramos). Se dejaban secar a la sombra durante diez o quince días. Una vez seca, se reducía a polvo y, humedeciéndola, se amasaba de nuevo. Se secaba y embalaba dejándolo listo para los tintoreros.


Las primeras descripciones de la planta nos la da Plinio en la que nos describe su uso en pinturas corporales en pueblos como los bretones, tal y como nos lo recuerda Mel Gibson en Break Hearth. La hierba pastel también tuvo uso farmacológico. Utilizado como diurético y astringente, sus hojas en cataplasma eran muy útiles para reducir inflamaciones, cicatrizar úlceras y detener hemorragias, un buen acompañante, por tanto, para servir en el arte de la guerra.
Según Viera, su abandono fue debido a la introducción del añil americano o índigo y, por ello, manifestaba “de modo que hasta el conocimiento de la yerba pastel se ha borrado de entre los canarios”.




[i] Margarita Arroyo. La botánica y su orígen divino.  Pliegos de Rebotica. Núm. 121,  pág. 3.
[ii] Sergio F. Bonnet Suárez. Notas sobre el cultivo y  comercio de la hierba pastel en Canarias durante los siglos XVI y XVII.  50 aniversario del Instituto de Estudios Canarios. Tomo I pág.73.


martes, 5 de abril de 2016

Enriaderos de Milán, utilísimo lino



Si alguna actividad humana tiene el valor de poder simbolizar a la historia, esta es el cultivo del lino. Con una antigüedad que puede duplicar al uso de la rueda hoy en día se  sigue considerando imprescindible en la industria textil. El lino no sólo ha logrado hacer historia sino que incluso la ha conservado, como nos lo demuestran los linos funerarios egipcios en donde se llegó a conseguir una finura en su elaboración que aún hoy en día es difícil de alcanzar.



El cultivo del lino es una actividad extraordinariamente laboriosa que en Canarias ha logrado permanecer hasta  nuestros días. Sus dos variedades, el lino cerrado (más endeble y delicado aunque de hebra más fina y suave) y el avertiz, se sembraban al vuelo en octubre y se recolectaban en abril o mayo.


A un cultivo exigente en irrigación y suelo, y delicado en cuanto al régimen de vientos se le unía todo un proceso en etapas. Se comenzaba con una inmersión en charcos llamados rías (o leres) y se seguía con un majado, agramado y rastrillado que permitía la extracción de la fibra vegetal seguido de proceso de blanqueado en la que se solía utilizar como lejía la ceniza de madera de higuera que colocándola sobre telas se percolaba con agua sobre las fibras.


Las propiedades de esta fibra vegetal se  deben a la gran capacidad que tiene de retener el agua y la facilidad con la que se desprende de ella, esto le confiere unas propiedades únicas de frescura para las prendas del verano. Pero su utilidad no se limitó a la vestimenta, así Viera y Clavijo refleja en su Historia Natural que las “utilidades del lino, nadie las ignora”[1]. 


Planta herbácea, anual, de aproximadamente 50 centímetros, con flores solitarias que suelen ser de color azul, se cultivaba en nuestras islas para obtener la fibra que se extraía tras la maceración efectuada en los enriaderos. Pero también se utilizaba su semilla, la linaza, de la que se extrae su aceite craso, bien conocido por los pintores y en farmacia por sus propiedades emolientes. Disminuye el ardor de orina, su leche o emulsión disminuye la tos catarral, la del asma y de la tisis. Utilizada externamente mitigaba los dolores hemorroidales.


Hoy en día sabemos que la linaza contiene gran cantidad de muscílagos y pectinas que le confieren propiedades emolientes y laxantes; además de sales minerales y lípidos de alto valor biológico (ácidos grasos esenciales) como ácidos alfa-linolénico, linoleico y oleico. También tiene tocoferoles. Por este motivo se recomienda en casos de extreñimiento crónico y en procesos inflamatorios de las vías digestivas, respiratorias y urinarias (gastritis, bonquitis y cistitis). Incluso en enfermedades inflamatorias crónicas y autoinmunes como en la artritis reumatoide. También es muy empleada en nutrición sobre todo en diabéticos por su bajo contenido en azúcares y altos de proteínas y lípidos, como anticolesterolémico y por su potencial poder antioxidante.


Esta utilidad del lino quedó reflejado en su nombre Linus usitatíssimum (utilisimo lino) y estuvo en el punto de mira de Carlos III, el ilustrado rey Borbón,  cuando quiso hacer renacer el prestigio español.




En 1775 se crearon las Reales Sociedades Económicas Amigos del País (RSEAP) que pretendían ser el motor de esta recuperación económica. Una de las conferencias inaugurales de la sociedad de Tenerife (RSEAPT) fue precisamente impartida por el médico Carlos Yanes versando sobre este cultivo y mediante la cual le fue concedido el premio del «Día del Rey» en junta de 29 de octubre de 1781[2] tras la Real Orden que pretendía impulsar esta actividad. Por este motivo su cultivo tuvo un auge de producción entre 1788 y 1789, manifestando algunos autores que “para las artes no hay otro cultivo que el lino”[3]  lo que puede dar idea del papel que desempeñaba junto a la lana en el abastecimiento de tejidos a la población.
Tejina contaba entonces con una producción de 500 libras y 20 telares que frente a las 82.000 libras de La Orotava y sus 1.200 telares[4] denotaban una actividad de autoconsumo. Sin embargo, ni en las islas, ni en las colonias americanas[5], ni en la península se pudo impedir que la competencia que ejercía la mejor calidad y el menor coste del lino procedente del extranjero, en especial de Holanda y de Rusia diesen al traste con esta iniciativa industrializadora. El aislamiento que siempre se ha sufrido en las islas ha hecho que esta actividad se haya mantenido hasta nuestros días en la isla de La Palma.




[1] Viera y Clavijo, J. Diccionario de la Historia Natural de Canarias.
[2] Romeu Palazuelos, E. “1776-1800. La Económica a través de sus Actas”.
[3] Geisendorf-Desgoutes, 1994
[4] Rodríguez, J.C. El Lino su manufactrura en Canarias.

[5] Serrera  Contreras, R.M. Lino y Cáñamo en Nueva España

jueves, 24 de marzo de 2016

Portugueses en la crisis del vino


A finales del siglo xvi, el vino fue sustituyendo al azúcar en las transacciones atlánticas. En la primera mitad del siglo xvi, el comercio del vino llegó a su cenit [1]. La fractura con Portugal (apoyada por los ingleses y que culmina con el Tratado de Methuen de 27 de diciembre de 1703) provocó el declive del vino. Tanto la subida de los aranceles en 1633 (pasando por la creación de la compañía brasileña y la prohibición del tráfico a Indias) como las Actas y Leyes de la navegación inglesas, entre 1651 y 1663, supusieron la deuda de guerra pendiente que tenía Portugal con Inglaterra por su apoyo a su independencia.



Eso se tradujo en una crisis en Canarias, cuyo chivo expiatorio fueron los portugueses afincados en estas islas desde el origen del poblamiento (como nos lo ilustra el motín producido en Garachico con el derrame del vino de 1666). Los vinos canarios serían sustituidos por los portugueses, ya que desde que el 21 de mayo de 1662 (año en que casa Catalina de Braganza con Carlos ii de Inglaterra) comenzaron a sustituir los caldos y malvasías tinerfeños por los de Madeira y Oporto.


Por este motivo, la población portuguesa necesitó castellanizarse. Fue en esta coyuntura económica en la que se fundó en 1662 en Tejina  el Arca de la Misericordia, la Alhóndiga, como una iniciativa vecinal y eclesiástica ante la crisis producida, a imitación de lo que ya se había hecho en otros pueblos de la isla.


Los grandes hacendados instalados en Tejina habían sido Asenjo Gómez y su yerno, Gonzalo de Oporto, quien sumó a sus propiedades las procedentes de la dote de Isabel, hija del primero. La producción de viña que caracterizó a estos terrenos fue pronto superada por las de Tegueste, debido a su mayor proporción de terreno cultivable. Sin embargo, la presencia de agua y, sobre todo, los embarcaderos ─verdaderos pulmones de la isla en esta primera época de asentamiento que permitían la comercialización de los productos de estos colonos portugueses─ hicieron muy apetecibles sus terrenos. Pronto se entró en conflictos, agravados con el clero regular y los agustinos que, por cuestiones de deudas, se habían hecho con una importante porción de los terrenos de Asenjo Gómez; algo que, sin embargo, ahora es lo que nos permite reconstruir la historia de Tejina.


Los terrenos más apetecibles fueron los cercanos a los barrancos por donde discurría el agua. Estos barrancos adquirieron los nombres de sus propietarios, como «Perdomo» o «Velasco» (el barranco de Las Cuevas). El barranco de Milán fue inicialmente conocido como «del Hospital de los Dolores» o «de la Misericordia» por la presencia agustina y, luego, como «Francisco Afonso», quien lo había comprado en 1538 a Melchor Blas y que, en 1612, constaba como de Tomás de Morales, hijo de Afonso. Pronto comenzaron a aparecer nombres como Tomás de Anchieta (quien compró a Gonzalo de Oporto) y  otros, como Estrada, Mendoza, Saa, Mederos, Porlier, Bello, Perera, y Armas, pero fue Bartolomé Hernández Milán quien dio el nombre que perduró al barranco.


Sin embargo, la actividad del vino se estancó, probablemente por la escasez de terreno cultivable, y surgieron otras actividades que también caracterizaron a los portugueses, como la actividad textil.
El nombre de «Las Tapias» nos indica la necesidad de retener el agua para la actividad que se iba a desarrollar en la misma, «el enriado del lino». Al mismo tiempo, el comercio portugués (basado en productos textiles como varas de carisea, ruán, holanda o vellorí) ya era importante desde finales del siglo xvi, de igual forma que la actividad de artesanos textiles también era frecuente en La Laguna[2].


REFERENCIAS:
[1] Portugueses separata. Álvarez Santos, J.L. Los portugueses y la viticultura en Tenerife a comienzos del seiscientos.
[2] Álvarez Santos, J.L., Tenerife y la Unión Ibérica. Los portugueses en La Laguna y su comarca (1575-1650).