Este año “Alzad la mirada” se ha convertido en todo un himno referente para la comunidad católica por la primera visita de un pontífice a estas islas. León XIV, nos ha visitado para completar el trabajo pendiente que había dejado su predecesor el Papa Francisco por la crisis migratoria. Su nombre y su primera encíclica no nos deja duda de cuál va a ser su línea de actuación. Con la encíclica Magnifica humanitas (2026) León XIV esta equiparando la revolución tecnológica de la Inteligencia Artificial (1) con la revolución industrial que vivió León XIIl, el Papa que inició la Doctrina Social de la Iglesia. Pero León XIV procede de la orden agustina, la misma a la pertenecían los primeros evangelizadores de Tejina. Robert Prevost no necesita por tanto altura de miras para vivir en profundidad lo que en Tejina deberíamos vivir todos los años, La Unión de Corazones. Un aspecto que nos lo ha recordado el párroco Daniel Padilla en la homilía del pasado 24 de agosto. Basta recordar la principal regla agustiniana para entenderlo:
“Ante todo, vivid unánimes en la casa y tened una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios”
Efectivamente en Tejina hay cuatro corazones, tres que se ven y un cuarto que necesita ser descubierto.
Los tres primeros llegan cada agosto desde El Pico, Calle Arriba y Calle Abajo.
Son los corazones que el pueblo conoce, espera y discute;
los que durante semanas nacen de las manos de los vecinos, se visten de flores, frutos y panes y, finalmente, son llevados hasta San Bartolomé.
Allí ocurre el gesto que quizá mejor resume toda la fiesta:
La ofrenda y los corazones se levantan.
Durante unos instantes dejan de pertenecer a la tierra.
Apuntan al cielo.
Y sobre ellos ondean siete banderas.
¿Por qué siete?
La propia documentación de la Asociación de los Corazones de Tejina reconoce que no se conoce con certeza el origen de ese número.
Sabemos cómo se distribuyen: cuatro en la corona mayor, dos en la menor y una sobre el ramo. Sabemos también que forman parte inseparable de la imagen actual de los corazones.
Pero el motivo de que sean siete permanece oculto.
Y quizá sea precisamente ese desconocimiento el que nos permita mirar de nuevo.
Porque mucho antes de que siete banderas coronaran los corazones de Tejina, otro corazón había sido rodeado por siete rosas.
El corazón y las siete rosas
Hay que entrar en el territorio de la pintura religiosa del siglo XVIII para encontrar esa otra imagen. Carlos Rodríguez Morales estudió una de estas obras en su trabajo Después de Quintana. Nicolás de Medina y la pintura en Canarias a mediados del siglo XVIII, presentado en el XIV Coloquio de Historia Canario-Americana (2). Allí, en la pintura vinculada al ámbito de las Catalinas, aparece el corazón acompañado por siete rosas en el contexto de la Pasión.
No estamos ante un detalle ornamental.
El corazón, en la tradición espiritual cristiana, es mucho más que una representación del órgano humano. Es el lugar interior donde se encuentran el amor, el sufrimiento, la entrega y la experiencia de Dios.
La historiadora Alejandra Araya Espinosa ha estudiado precisamente esa larga tradición del corazón como espacio privilegiado de la espiritualidad femenina en la América colonial (3).
En aquellas imágenes, el corazón podía ser herido, inflamado, coronado de flores o presentado como ofrenda.
El corazón hablaba.
Y a veces hablaba de Cristo.
A veces de María.
A veces de ambos.
No podemos afirmar que exista una filiación histórica entre aquellas siete rosas del siglo XVIII y las siete banderas de los corazones tejineros. Sería ir más allá de lo que permiten los documentos.
Pero sí podemos detenernos ante la coincidencia.
Un corazón. Siete rosas. La Pasión.
Y, más de un siglo después:
Un corazón. Siete banderas. Una ofrenda.
Quizá la historia no sea la de una tradición que se transmite intacta.
Quizá sea la historia de un símbolo que cambia de forma mientras conserva su capacidad de conmovernos.
El siete tiene una larga vida en la imaginación religiosa.
Siete son los Dolores de María.
Siete son los velos que la tradición artística acabó colocando sobre la danza de Salomé.
Y siete son, hoy, las banderas que coronan los corazones de Tejina.
No debemos confundir esas tres historias.
Los Evangelios no hablan de siete velos.
La danza de Salomé pertenece a una elaboración artística posterior.
Tampoco existe, que sepamos, un documento que diga que las siete banderas de Tejina fueron concebidas para representar los siete Dolores de la Virgen.
Pero la literatura permite otra cosa.
Permite preguntar.
¿Y si las siete banderas fueran siete velos?
No para explicar el origen de la tradición.
Para mirarla.
Salomé retira los velos.
Tejina levanta las banderas.
En un caso, el misterio se descubre mediante la desaparición de aquello que lo cubre.
En el otro, el corazón se hace visible precisamente porque se eleva.
Salomé baila hacia la muerte.
Tejina levanta sus corazones hacia el cielo.
Y entre ambas imágenes aparece María.
El corazón de una madre.
Hay una imagen que ocupa un lugar singular en la memoria religiosa de Tejina: la Virgen de los Dolores de la parroquia de San Bartolomé, tradicionalmente atribuida a José Luján Pérez.
Ante ella, el corazón deja de ser una imagen de abundancia.
Ya no hay frutas.
No hay flores festivas.
No hay tortas de pan.
Hay una madre.
Y hay un dolor.
La iconografía de la Virgen de los Dolores representa su corazón atravesado por siete espadas, correspondientes a los siete dolores de María.
El número siete vuelve a aparecer, esta vez convertido en herida.
Y entonces podemos empezar a levantar nuestros velos.
El primero nos conduce al anuncio.
El segundo, al nacimiento.
El tercero, a la infancia.
El cuarto, a la vida pública.
El quinto, al camino de la Pasión.
El sexto, al Calvario.
Y queda el séptimo.
El último.
El que más cuesta levantar.
Porque detrás de él ya no encontramos solamente el sufrimiento.
Encontramos la esperanza.
El corazón de María no puede separarse del corazón de Jesús.
La historia de la madre está atravesada por la historia del hijo.
El niño que recibe en sus brazos es el hombre que un día verá morir.
El corazón que contempla la cruz es el mismo que después recibe la noticia de la Resurrección.
Por eso, cuando miramos los grandes corazones de Tejina, podemos permitirnos una licencia poética.
Cada uno está formado por una estructura mayor y otra menor, unidas por un eje.
Dos corazones.
Uno grande.
Otro pequeño.
No podemos afirmar que esa composición haya sido creada históricamente para representar a María y Jesús.
Pero podemos verla así.
Como una imagen de madre e hijo.
Como dos corazones unidos por una misma historia.
Como dos vidas que se encuentran en el misterio de la Pasión y que finalmente apuntan hacia el mismo destino.
Y entonces aparece la palabra que quizá mejor resume todo este relato:
elevación.
Hacia arriba
Jesús asciende al cielo.
María es asunta al cielo.
No es lo mismo.
Cristo asciende;
María es elevada.
Pero ambos movimientos tienen una misma dirección.
Hacia arriba.
Y eso es exactamente lo que hacen los corazones de Tejina.
Nacen de abajo.
De la tierra.
De los frutos de la cosecha.
De las ramas.
De las flores.
De los panes.
De las manos de los hombres, las mujeres y los niños que durante días trabajan para convertir una materia humilde en una obra colectiva.
Y después se levantan.
El pueblo los contempla desde abajo.
Los corazones quedan por encima de las cabezas.
Y durante unos instantes parece que la tierra ofrece al cielo aquello que ha recibido.
Tal vez esa sea la razón por la que la imagen de los corazones resulta tan poderosa: porque no se limita a representar un corazón; representa un corazón que se eleva.
El cuarto corazón
Volvamos entonces al principio.
En Tejina hay tres corazones.
El de El Pico.
El de Calle Arriba.
El de Calle Abajo.
Son los tres corazones de la fiesta.
Pero hay otro.
No se construye en ningún barrio.
No necesita ramas.
No pesa sobre los hombros de los vecinos.
No lleva frutas.
No tiene tortas de pan.
Está dentro de la iglesia.
Es el corazón de María.
Y dentro de él está el corazón de Jesús.
Ese es el cuarto corazón.
No un cuarto corazón que falte en la fiesta, sino el corazón que permite contemplar de otra manera los otros tres.
Porque los corazones de Tejina son también memoria, sacrificio, ofrenda y esperanza.
Porque un pueblo que construye colectivamente un corazón está hablando, aunque no lo diga con palabras, de aquello que quiere conservar.
Y porque cada vez que esos corazones se levantan, algo antiguo vuelve a suceder.
Quizá por eso podamos regresar finalmente a Salomé.
No para buscar en Tejina la historia de Salomé.
Sino para invertirla.
Ella tiene siete velos.
Tejina tiene siete banderas.
Ella los deja caer.
Tejina los levanta.
Ella conduce hacia la muerte.
Tejina ofrece sus corazones ante el templo.
Y cuando nosotros levantamos imaginariamente el séptimo velo, no encontramos el cuerpo de Juan el Bautista ni la tragedia de una danza.
Encontramos una madre.
Encontramos a su hijo.
Encontramos un corazón herido por siete dolores.
Y encontramos, más allá del dolor, la promesa de la Resurrección.
Por eso quizá el misterio de los corazones de Tejina no esté en descubrir por qué son siete las banderas.
Quizá esté en preguntarnos qué corazón estamos viendo cuando las siete banderas se levantan sobre la multitud.
Los tres corazones de Tejina son los que todos conocemos.
El cuarto es el que se descubre.
Y cuando finalmente aparece, no mira hacia nosotros.
Mira hacia arriba.
Nicolás de Medina, el pintor de las siete rosas, fue coetáneo de San Alfonso de Ligorio el fundador de la Congregación del Santísimo Redentor cuando Carlos III era el Rey de Nápoles, donde coincidieron. La fundación de los Redentoristas quedó estrechamente vinculada a la política religiosa de Carlos III y de su ministro Bernardo Tanucci. Los redencionistas se convirtieron en los reformadores que necesitaba la iglesia cuando los jesuitas fueron expulsados. Los jesuitas se constituyeron en los grandes divulgadores de la devoción al Sagrado Corazón cuando se vieron perseguidos de la forma que lo sufrieron. Los Jesuitas se convirtieron en la avanzadilla de lo que le ocurriría al resto de la iglesia en el siglo siguiente.
En Tejina se constituyó la Archicofradía del Corazón de María en 1852 por su párroco Juan Espinosa y Salas y José María Argibay, el franciscano exclaustrado responsable de las monjas Claras. Tres años antes, el propio Argibay había solicitado su incorporación a la Archicofradía del Santísimo e Inmaculado Corazón de María para la redención de los pecados. 6 meses antes de que el Obispo Codina mandase constituir Cofradías del Corazón de María en toda la diócesis para aprovechar el trabajo misionero del Padre Claret. En los estatutos de la Cofradía del Corazón de María de Tejina se establece que ya no habría procesión del santísimo, que la virgen a procesionar sería la Virgen de los Dolores y que el día principal sería el siguiente domingo a la octava de la Asunción, el día que actualmente se celebran los Corazones de Tejina en formato de Corpus estival propio de los agustinos.
Nunca dejo de hacerse Corpus en Tejina sino que cambió la forma de visualizarlo a través del Corazón de María y de Jesús, Alzando la Mirada. (4)
1.- En el desarrollo del presente artículo se ha utilizado metodología basada en Inteligencia Artificial.
2.- Rodríguez Morales, C. (2021). Después de Quintana. Nicolás de Medina y la pintura en Canarias a mediados del siglo XVIII. XIV Coloquio de Historia Canario-Americana (2020), XIV-051. http://coloquioscanariasamerica.casadecolon.com/index.php/CHCA/article/view/10665.
3.- Araya Espinoza, Alejandra LA MÍSTICA Y EL CORAZÓN: UNA TRADICIÓN DE ESPIRITUALIDAD FEMENINA EN AMÉRICA COLONIAL Cuadernos de Literatura, vol. 14, núm. 28, julio-diciembre, 2010, pp. 132-155 Pontificia Universidad Javeriana Bogotá, Colombia Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=439843026009
4.- Deseo felicitar y agradecer a mi nuera María el feliz acontecimiento del nacimiento de mi nieto Mateo en esta octava de la Asunción de 2026.



















