miércoles, 10 de octubre de 2018

Los venenos como medicamentos



Para Paracelso las enfermedades no eran consecuencia de los desequilibrios entre humores sino que era debido a ataques externos a los cuales se les podía combatir con sustancias químicas. Tan radical fueron sus posturas que no dudó en quemar públicamente ante sus alumnos los textos de Galeno y Avicena. Había que buscar nuevas medicinas basadas en la experimentación y la observación. Esta gran  carga de sustancias químicas se mantuvieron en nuestra farmacopea hasta el siglo pasado. Los efectos secundarios de los medicamentos o la quimioterapia del cáncer nos recuerdan que estos principios se han mantenido vigentes hasta nuestros días. Mientras el mercurio va siendo eliminado hasta de los termómetros las personas de mi generación recordamos como las rodillas tiznadas de rojo por el mercurocromo era la imagen que más se repetía.





La alquimia siempre se fijó en el mercurio por su aspecto metálico y líquido que no requería ser refinado, amén de  su capacidad para formar amalgamas con el oro y la plata. Esta capacidad le dió una importancia capital a las minas de Almadén (Ciudad Real) para la extracción del azogue (mercurio) en la carrera de indias ya que eran cruciales para la extracción de estos minerales de sus menas. Fueron muchos los pueblos de la antigüedad  que por estos motivos lo asociaron a una búsqueda de la vida eterna. Es bien conocida la sepultura del primer emperador chino Qin Shi Huang con miles de soldados de terracota sobre ríos de mercurio. Hoy en día se cree que su muerte pudo haberse producido por estos medicamentos de mercurio destinados a hacerlo inmortal.





Paracelso propuso los calomelanos (cloruro de mercurio) como diurético y catárquico y también para tratar la sífilis. Benjamin Rush (1746-1813) médico estadounidense, signatario de la declaración de independencia de EEUU, utilizó los calomelanos para la fiebre amarilla de Filadelfia (1793), así como para estimular la salivación en los tratamientos de tifus y tuberculosis. A finales del siglo XIX el tratamiento de elección para la desinfección de la calles tras la epidemia de cólera que sufrió La Laguna era el sublimado corrosivo que era cloruro de mercurio con ácido clorhídrico al que se le añadía algún colorante. Este producto se repartía entre la población que lo aplicaban en toneles que se se aserraban por la mitad.






Hasta la introducción del Salvarsán (1910) el mercurio fue el tratamiento de elección para la sífilis. Toulouse-Lautrec es probablemente el pintor que mejor ilustra esta primer cuarto de siglo XX donde la sífilis provocaba estragos entre la población europea.   A Paul Erlich (1854-1915) se le considera el padre de la medicina química moderna y el descubridor de la arsfenamina (salvarsán) la llamada “bala mágica” al intentar reducir la toxicidad del atoxil que se utilizaba entonces contra la enfermedad del sueño, provocado por el parásito Trypanosoma. Fue David Livingston (1813-1873), médico y explorador escocés el que propuso para en una de las epidemias que con frecuencia se producían en áfrica la utilización de la solución de Fowler (arsenito sódico). Las propiedades terapéuticas del arsénico se conocen desde la antigüedad considerándose como un remedio curalotodo y es probable que a día de hoy sea uno de los mejores ejemplo de lo vigente que están las teorías de Paracelso ya que el arsénico siempre fue el rey de los venenos estando demostrado a día de hoy que otras dosis tiene una gran utilidad como anticancerígeno.
El arsénico blanco (triçpxido de arsénico) siempre fue el veneno utilizado de primera elección porque era incoloro, insípido y fácilmente soluble. Su ingesta no producía síntomas por los lo que no levantaba sospechas entre sus víctimas. Los vómitos y diarreas podían ser atribuidas a otras dolencias. Fue el veneno utilizado por Agripina o por los Borgias. Al arsénico también llamado “veneno de sucesión· cayó en desuso en 1836  tras encontrarse pruebas químicas para su identificación.

miércoles, 3 de octubre de 2018

La Alquimia y Paracelso






A Paracelso (1493-1541) siempre  lo hemos considerado el padre de la farmacia a pesar de ser un fiel defensor de la unión de las tres ramas sanitarias, la medicina, la cirugía y la farmacia. Fiel al renacimiento no dudó en mirar hacia atrás para coger impulso y cambiarlo todo. Megalómano empedernido utilizó sus creencias profundamente cristianas que combinandolas con otras como el esoterismo o la astrología se enfrentaría radicalmente a las teorías galénicas vigentes en ese momento. Frente a los cuatro elementos de galenismo el antepuso tres, azufre, el mercurio y la sal. Según la alquimia todos los seres estaban formados de mercurio, el principio volátil. El principio de combustibilidad lo daba el azufre mientras que la sal era lo que quedaba tras la combustión. El Ancheus o alquimista interno sería el encargado de armonizarlos, si no lo conseguía se produciría la precipitación del tártaro, y tras ello la aparición de las enfermedades tartáricas como la artritis, la litiasis o la gota.






Hasta entonces la utilización de minerales como productos farmacéuticos era muy limitada y controlada, sin embargo Paracelso consideraba que la toxicidad de los mismos eran debidas a impurezas y que convenientemente tratadas se llegaría a la esencia o arcano del medicamento. Por extraño que ahora nos parezcan sus teorías la realidad es que cambió la forma de pensar e introdujo este concepto que ahora denominamos principio activo. Es clásica su expresión de que es sólo la dosis lo que convierte a una sustancia en veneno y será la alquimia la que permita la purificación del medicamento.
Los alquimistas han existido desde tiempo inmemorial hasta finales del siglo XIX. Centrados en el descubrimiento de la “Piedra filosofal” soñaban con la transmutación de los metales en oro y con conseguir el elixir de la inmortalidad para alargar la vida. Sus orígenes hay que buscarlos entre los orfebres egipcios que pasaron al mundo griego con Alejandro Magno. Sin embargo el enfoque oriental era mucho más terapéutico, en especial la escuela persa descendiente de la iglesia nestoriana de bizancio que una vez fueron expulsados tuvieron mucho arraigo en Irán, India e incluso China.




El polímata persa Al-Razi es uno de los alquimistas más famosos, trabajó en un intento de esclarecer que hacía a los metales diferentes entre sí y con los no metales. Clasificó las sustancias en categorías como vitriolos, sales, rocas, licores etc. y a catalogar sus propiedades. Prestar atención a las similitudes y diferencias era fundamental. Su mayor aportación fue el libro de los secretos en el que demostraba la importancia de la experimentación con una descripción extensa de los usos de los crisoles, pinzas, fuelles, frascos, embudos, morteros, baños térmicos y permitiendo darnos una visión del funcionamiento de un laboratorio de hace unos mil años. El libro total de la medicina elaborado por sus seguidores influiría en los médicos posteriores islámicos como Avicena autor del Canon de medicina en cinco volúmenes.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Productos naturales pero venenosos





El proceso de ensayo y error nos permitió descubrir los alimentos necesarios para sobrevivir pero también se descubrió la existencia de plantas dañinas de las que se aislaron los venenos. La custodia de estos venenos fue responsabilidad de los boticarios que ha día de hoy se manifiesta en la custodia de los estupefacientes. Pero con los venenos la automedicación estuvo a la orden del día  convirtiéndose su uso en una una práctica habitual tanto para druidas y brujas como para profesionales del envenenamiento tanto propio como del enemigo.




La belladona y el acónito fueron unas esas plantas preferidas de  los envenenadores medievales y que era muy común en prácticas de brujas y aquelarres, así como para ahuyentar a los hombres lobo. La belladona debe su nombre (bella dama) a su uso por las mujeres para dilatar las pupilas y su nombre Atropa belladona se la dió Linneo en honor a dios griego Atropos. Su acción terapéutica se le debe a la presencia importante de alcaloides como la atropina y la escopolamina que inhiben los efectos muscarínicos de la acetilcolina. Se mezclaba con vino para producir alucinaciones. Las brujas se embadurnaban durante los aquelarres. Algunos autores sugieren que se lo aplicaban en la zona vaginal con ayuda de una escoba provocando esa sensación de vuelo. Algunos autores especulan que la sensación de volar podría ser el resultado del estusiasmo delirante de la belladona y las palpitaciones del acónito (Aconitum napellus) que también tienen la presencia de alcaloides como la aconitina. La aconitina excita y después pàraliza tanto las terminaciones nerviosas como los centros bulbares.




Pero esas prácticas entre la excitación y el suicidio no se limitaban al sexo femenino. La mandrágora se conocía desde la antigüedad y aparecen en cuentos de magia y relatos de brujería. Las raíces de mandrágora (Mandragora officinalis)  tenían forma humana por lo que se creía por ello que tenían propiedades afrodisiácas y estimulante de la fertilidad. Práctica que perdura hasta nuestros días y están siendo perseguidas por las inclusiones en productos supùestamente naturales que están fuera de control. Con fines medicinales estas raíces son secadas y trituradas y se clasifican entre las llamadas hierbas anodinas (calman el dolor) por sus propiedades narcóticas y soporíferas y se utiliza para dolores reumáticos. Tiene además propiedades heméticas y soporíferas y externamente se utiliza por sus propiedades antiinfecciosas. También se utilizaban mezclandolo con vino.  Los principios activos responsables de su acción son alcaloides derivados del tropano como la escopolamina, hiosciamina o mandregorina un potente alcaloide narcótico e hipnótico. En cualquier caso la mandrágora es muy tóxica y debe utilizarse bajo prescripción médica.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Los productos naturales



En la antigüedad la interpretación del mundo que nos rodea era mucho más holística. La especialización de las distintas ramas del saber ha provocado un distanciamiento de las mismas. Médicos, filósofos, matemáticos, alquimistas, astrónomos eran con frecuencia las mismas personas o en cualquier caso muy cercanas. La diferenciación  entre lo natural y artificial entra de lleno en esta dicotomía y se me antoja paradójicamente muy artificiosa. Desde el mismo momento del inicio de la vida cuando el espermatozoide fecunda al óvulo y comienza a funcionar la maravilla de la meiosis dividiéndose la célula en dos parece ya entrar  en juego las matemáticas orientándose las estructuras según la divina proporción tal y como predecía Euclides con aquel teorema que decía algo así como “el todo es a la parte como la parte al resto”.  .
Fué Aristóteles (384-322 a.c.) el primero que dividió al mundo vivo entre animales y plantas y según la teoría de la selección natural de Darwin fueron las algas verdes las primeras que se adaptaron a vivir fuera del agua hace unos 450 millones de años.




Fueron los animales y las plantas nuestra principal fuente de alimentación y supervivencia. Por imitación a otros animales y mediante un proceso de ensayo y error,  aprendimos a seleccionar aquellos vegetales que satisfacían el hambre o por contra producían efectos indeseados. Pero también se comprobó que determinadas plantas producían otros efectos deseados, aliviaban el dolor, la fiebre, el estreñimiento o sencillamente ayudaban a conciliar el sueño.
El uso de la corteza de sauce con el fin de aliviar el dolor y bajar la fiebre se encuentra descrita desde tiempò inmemorial tanto en Europa como en China. En Europa su conocimiento se perdió tras el imperio romano aunque los druidas utilizaban en sus ritos a la reina de los prados (Filipendula ulmaria) que presenta los mismos precursores. Edward Stone, un religioso inglés del siglo XVIII experimentó con la corteza de sauce por su preferencia por los climas húmedos que él creía le permitía utilizarlo para los dolores articulares. En 1763 informaría de su utilidad y 60 años después dos farmacéuticos un alemán (Buchner) y un francés (Leroux) aislarían del sauce blanco (salix alba) el ácido salicílico, un producto muy activo pero muy amargo. Se obtuvieron a partir de un heterósidos fenólicos derivados del saligenol, primer heterósido aislado de plantas que tratado con ácidos se descomponía en glucosa y alcohol salicílico. Era efectivo pero causaba irritación extrema de la garganta y del estómago.




En 1897 el químico alemán Felix Hoffman de la firma farmacéutica Bayer, descubrió que acetilando la molécula se paliaban esto efectos adversos y que una vez ingerido se transformaba en ácido salicílico. El ácido acetilsalicílico adquirió el nombre comercial de  aspirina, un medicamento que dio fama internacional a Bayer y que se generalizó su uso a principios del siglo XX como paliativo de la gripe en 1918.





Son muchos los medicamentos que tienen su orígen en la actividad de las plantas medicinales como la morfina, la codeína, la atropina, la digoxina, la quinina, la cocaína, la warfarina, la colchicina, el taxol o la vinblastina. La plantas gastan gran parte de la energía metabólica para sintetizar estos productos que a lo largo del tiempo han evolucionado y agudizado sus efectos. La búsqueda de estos compuestos, su aislamiento, comprobar cómo afectan al cuerpo humano y averiguar la forma de proceder a su síntesis química  han permitido avanzar enormemente a la química y a la industria farmacéutica durante siglos. En la Universidad de La Laguna tenemos un centro que es una referencia internacional en la investigación de estos Productos Naturales, el Instituto Universitario de Bioorgánica, Dr. Antonio González (IUBO-AG).

domingo, 9 de septiembre de 2018

Los cuatro humores





Expresiones como los cuatro elementos, los cuatro Jinetes del Apocalipsis, las cuatro estaciones o los cuatro puntos cardinales nos indican la importancia simbólica que nuestra cultura le ha dado al número cuatro. Es el número que siempre ha simbolizado el orden, lo estable, los valores pero también la lucha por límites, la creación, la mentalidad científica. De ahí nos vienen expresiones como mentalidad cuadriculada de personas que no rehuyen los problemas y saben cómo afrontarlos.




No es de extrañar por tanto que desde la cultura mesopotámica y egipcia  se tuviese presente que nuestro bienestar físico y mental dependía del equilibrio de cuatro humores o líquidos. Hipócrates (460 a.c. - 370 a.c.) sistematizó esta creencia y lo adaptó a la práctica médica, el humoralismo, que consideraba que estos cuatro líquidos que debían estar en equilibrio eran la sangre, la flema, el atrabilis (bilis negro) y la bilis. Esta teoría había desplazado la creencia que existía hasta entonces de que las enfermedades se debían a malignos sobrenaturales.




El humoralismo se aceptó de forma generalizada y se mantuvo vigente hasta el siglo XIX. Fue Galeno (130-200) el que sugirió que el exceso de algún humor era el responsable de los distintos tipos de temperamentos: sanguíneos (sangre), flemáticos (flema), melancólico (atrabilis) y colérico (bilis). Avicena (980-1037), médico musulmán, en su Canon medicinae (1025), profundizó en el texto de Galeno en relación a los cambios de temperamentos y la enfermedad y su asociación con los órganos principales, el cerebro y el corazón. Los hábitos alimenticios, el ejercicio, la vestimenta y la higiene  producirían los ajustes necesarios en la producción de los humores que se sintetizaban en el cuerpo.
Los médicos intentaban restablecer el equilibrio de los humores mediante tratamientos tan drásticos como las purgas, las sangrías o la inducción al vómito.

El humoralismo se mantuvo vigente hasta el siglo XIX en las que se aceptaron las teorías más modernas basadas en los avances en patología y a las causas biológicas y bacterianas de la enfermedad.

jueves, 30 de agosto de 2018

Los cuatro elementos




El gran desarrollo que  se ha producido en el último siglo en la síntesis farmacológica  nos ha permitido disponer de un auténtico arsenal terapéutico fruto de la conjunción de dos disciplinas, la botánica y la química. En Canarias tenemos un centro de investigación   que es toda una referencia a nivel internacional, el Instituto Universitario de Biorgánica Dr. Antonio González (IUBO-AG). Esta conjunción entre la botánica y la química ya se produjo dos siglos antes, en el siglo de las luces, y dió suficiente contenido científico a la farmacia para que se constituyera en una de las primeras cuatro facultades: Derecho, Teología Medicina y Farmacia. En esa época España estaba muy influida por dos culturas, la islámica del al-Ándalus y la imperial centroeuropea. El típico desglose de los profesionales de la salud entre Medicina Cirujía y Farmacia se lo debemos a la influencia árabe, en cambio la consideramos los farmacéuticos como nuestra Carta Magna es de origen centroeuropeo. Consideramos como tales a las Constituciones o edictos de Federico II que a su vez tiene un claro  origen mediterráneo.



Fueron los griegos los primeros en plantearse la naturaleza de la materia. Todo apuntaba a que cualquier sustancia debía estar formada a partir de una sustancia elemental. Tales de Mileto la consideró el agua, Anaxímenes creía que era el aire, Heráclito en cambio creía que era el fuego la sustancia buscada. Fue Empédocles en su poema “Sobre la Naturaleza” el que describió los cuatro elementos fundamentales, la tierra, el agua y el aire que vienen a equivaler hoy en día a las tres fases (sólido, líquido y gas) que siempre necesitará el cuarto el fuego o energía para convertirse el uno en el otro.
Platón y su discípulo Aristóteles introdujeron el concepto de elemento, lo que fue en realidad un gran avance  ya que el mundo ya no estaba constituido por una única sustancia que se manifestaba de diferentes modos ni tampoco estaba constituido por incontables sustancias diferentes. Aristóteles elaboró un esquema  por el cual a cada elemento adquiría dos de cuatro característica posibles (frío, caliente, seco y húmedo), así pòr ejemplo el aire era húmedo-caliente y la tierra era seca y fría.





Los árabes, en cambio, tuvieron una visión más espiritual o religiosa influenciados con los proceso de embalsamientos egipcios. Consideraban que tenían que ser siete lo elementos fundamentales relacionados con los siete cuerpos celestes. A través de los árabes la al-kimiya llegó a Europa. Creían éstos que todos los metales estaban formados por azufre y mercurio y fue Geber (760-815) el que obtuvo el ácido acético por destilación del vinagre con el ácido más corrosivo de la antigüedad. Faltaba por conocer una sustancia especial al-ilsir que sería capaz de transmutar los metales en oro y que en Europa se le llamó la piedra filosofal, capaz de conferir la inmortalidad, el elixir de la vida.

martes, 21 de agosto de 2018

Camino de San Bartolomé (III), surcando el atlántico por las costas de Portugal






Wladimiro Rodríguez Brito, exconsejero de Medio Ambiente, acaba de describirnos la realidad del campo lagunero que en esencia es la de nuestra comarca del Nordeste. La comarca agrícola por excelencia del municipio más agrícola de la isla. Lo ha llevado a cabo con cuatro magníficos artículos en los que no dudó en utilizar  una expresión de Pedro Molina para su título, La Laguna y los surcos. La utilización de los surcos como huella de trabajo y  laboriosidad  está muy arraigada en nuestra cultura cristiana. San Josemaría Escribá la utilizó junto con Forja para completar su trilogía de Camino. Ya la biblia nos describe a Jesucristo como el Camino, la Verdad y la Vida, como el ejemplo a seguir para una correcta vida cristiana. Parábolas como la del Sembrador o la del Trigo y la Cizaña han formado parte del cuerpo doctrinal  de la iglesia que por todos es conocido y que están en el origen de expresiones de ese tipo.



La búsqueda de la verdad, de lo que hay más allá de lo desconocido, ha sido un anhelo de todas las culturas. El Camino de Santiago es un ejemplo de este anhelo. Patrimonio de la Humanidad en 1993 y premio  Príncipe de Asturias de la Concordia en 2004,  al Camino de Santiago se le considera el origen de la construcción de Europa, y es en realidad la superposición de otro más antiguo que siguiendo el movimiento del sol terminaba en el “Finisterre”. Cualquier otra ruta que se pretendiese continuar necesitaba obligatoriamente ser acuática, sobre el océano Atlántico, la cual, siguiendo los puertos de cabotaje enlazaba también con  puertos mediterráneos como Venecia, Roma o Génova. Estas rutas establecieron las transacciones comerciales y forjó los lazos culturales entre los pueblos que nos han dado nuestra identidad.



En el siglo XII el dominico obispo de Génova, Santiago de Vorágine, recopiló todas las historias de los santos en su obra la Leyenda Áurea, un texto sin rigor histórico cuya finalidad era exclusivamente devocional. Tras la invención de la imprenta, dos siglos después, su influencia fue enorme. La iconografía que hoy tenemos sobre los santos se lo debemos a ella. De igual forma nos transmitió la posible conexión entre San Bartolomé y San Agustín. Fue San Ambrosio, el que convenció a  San Agustín para que abandonase sus inclinaciones maniqueas y abrazase las del cristianismo. San Ambrosio resaltaba que sólo San Pablo equiparaba en importancia a San Bartolomé probablemente porque ya era la devoción más popular de la Edad Media[i], sólo superado por el diablo. La historia que hoy en día conocemos sobre San Bartolomé la encontramos perfectamente narrada en ella, una historia que se repitió en todos los pueblos y que la podemos observar grabada en piedra en el enterramiento de Pedro I rey portugués (1320-1367) en el monasterio de Alcobaca. La especial devoción del rey portugués por San Bartolomé, derivado de su tartamudez, hizo plasmar su historia en piedra en su sepulcro y el de su amada Inés,  convirtiéndolo en uno de los exponentes máximos del arte funerario medieval en toda Europa.



La historia de amor entre Pedro e Inés, fue muy peculiar y ha sido narrado por cronistas, poetas y artistas de todos los tiempos y nacionalidades. Pedro se enamoró de la mujer inadecuada para su padre en el momento más inoportuno. Inés era la dama de compañía de la que era su pretendiente, Doña Constanza, en el momento que se le proponía como alternativa a la corona de Castilla. Alfonso IV, padre de Pedro no dudó en asesinar a Inés. Es la leyenda la que cuenta como Pedro I se vengó tras la muerte de su padre de los nobles que ejecutaron el asesinato de Inés de Castro.




            La historia  que utiliza Pedro para su sepultura, complemento de la de Inés, contiene en doce episodios  la vida San Bartolomé que incluye tres de su infancia que no aparecen recogidas en la Leyenda Áurea pero que eran conocidas por el pueblo. San Bartolomé fue raptado por el diablo, dejando en su lugar una figura diabólica que ni crecía ni dejaba de llorar. Abandonado Bartolomé en la montaña para que muriese de frío es recogido por un sacerdote judío que lo cuida durante tres años. Un joven Bartolomé regresa para desenmascarar al intruso. Estos episodios están descritos en el manuscrito flamenco nº 1116, fechado en el siglo XV de la Bibliothèque Royale de Bruselas. De esta creencia deriva el papel protector de San Bartolomé de niños tartamudos y con problemas psicológicos y la costumbre de los baños sagrados como los que se producen en las playas de Esposende al norte de Portugal en la conocida romería de San Bartolomé Do Mar. Esta romería va acompañado de un ritual a base de gallos como se repite en otros puntos del Camino de Santiago como en Santo Domingo de la Calzada o en el mismo Barcelos que da forma al icono más característico de Portugal. Las playas de San Bartolomé de la región de Braga son paso obligado para los peregrinos que desde Oporto se dirigían a Santiago de Compostela utilizando el camino de la costa.
El temor a la llegada del fin del mundo centraba todas las preocupaciones teniendo a Satanás como el verdadero protagonista de todas las historias, un temor que se alargó durante siglos como comprobamos en  el Beato de Liébana (Cantabria), que utilizó la narración del Apocalipsis de San Juan como verdadera arma teológica de la reconquista. Son muchos los que interpretan que esta conjunción de los hijos de Zebedeo, San Juan Evangelista narrando el Apocalipsis y Santiago el Mayor, el matamoros, simbolizan el origen de España. En el Beato podemos observar tanto al diablo amarrado, como a la protección femenina que simboliza a la Iglesia que con el tiempo daría origen a la figura de la Inmaculada Concepción.




En el caso del sepulcro de Pedro I, el papel protector de un San Bartolomé adulto aparece explicada a partir de la cuarta edícula que hace referencia a los episodios de evangelización por tierras de oriente. Estas representaciones descritas también en el Auto de los Apóstoles del monasterio de Alcobaca, así como en la Leyenda Áurea y el Acta Sanctorum:

“Es un hombre de estatura corriente, cabellos ensortijados y negros, tez blanca, ojos grandes, nariz recta y bien proporcionada, barba espesa y un poquito entrecana; va vestido con una túnica blanca estampada con dibujos rojos en forma de clavos, y con un manto blanco también ribeteado con una orla guarnecida de piedras preciosas de color de la púrpura. Ya hace veintiséis años que lleva esa ropa y las mismas sandalias; durante todo ese tiempo ni sus vestiduras ni su calzado se han deteriorado ni manchado”

El acto de exorcismo sobre la hija del rey Polimio están también representados en el sepulcro en una interpretación plástica de la liberación  de la princesa cuando la Leyenda Áurea narra:

“Haced lo que os mando; no tengáis miedo; no os morderá, porque yo tengo bien sujeto al demonio que la dominaba”

Esta seguridad sobre las criaturas de las tinieblas se deduce también de las cualidades físicas, al describir a Bartolomé como poseedor de una voz de sonoridad poderosa, característica que pudo haber contribuido a convertirlo en patrono de la tartamudez, defecto que sufría el propìo rey Don Pedro .



[i]  Sousa, A.C., Rosas, L.M..- Iconografía de San Bartolomé en el sepulcro de Pedro I (Monasterio de Alcobaca, Portugal)