domingo, 9 de septiembre de 2018

Los cuatro humores





Expresiones como los cuatro elementos, los cuatro Jinetes del Apocalipsis, las cuatro estaciones o los cuatro puntos cardinales nos indican la importancia simbólica que nuestra cultura le ha dado al número cuatro. Es el número que siempre ha simbolizado el orden, lo estable, los valores pero también la lucha por límites, la creación, la mentalidad científica. De ahí nos vienen expresiones como mentalidad cuadriculada de personas que no rehuyen los problemas y saben cómo afrontarlos.




No es de extrañar por tanto que desde la cultura mesopotámica y egipcia  se tuviese presente que nuestro bienestar físico y mental dependía del equilibrio de cuatro humores o líquidos. Hipócrates (460 a.c. - 370 a.c.) sistematizó esta creencia y lo adaptó a la práctica médica, el humoralismo, que consideraba que estos cuatro líquidos que debían estar en equilibrio eran la sangre, la flema, el atrabilis (bilis negro) y la bilis. Esta teoría había desplazado la creencia que existía hasta entonces de que las enfermedades se debían a malignos sobrenaturales.




El humoralismo se aceptó de forma generalizada y se mantuvo vigente hasta el siglo XIX. Fue Galeno (130-200) el que sugirió que el exceso de algún humor era el responsable de los distintos tipos de temperamentos: sanguíneos (sangre), flemáticos (flema), melancólico (atrabilis) y colérico (bilis). Avicena (980-1037), médico musulmán, en su Canon medicinae (1025), profundizó en el texto de Galeno en relación a los cambios de temperamentos y la enfermedad y su asociación con los órganos principales, el cerebro y el corazón. Los hábitos alimenticios, el ejercicio, la vestimenta y la higiene  producirían los ajustes necesarios en la producción de los humores que se sintetizaban en el cuerpo.
Los médicos intentaban restablecer el equilibrio de los humores mediante tratamientos tan drásticos como las purgas, las sangrías o la inducción al vómito.

El humoralismo se mantuvo vigente hasta el siglo XIX en las que se aceptaron las teorías más modernas basadas en los avances en patología y a las causas biológicas y bacterianas de la enfermedad.

jueves, 30 de agosto de 2018

Los cuatro elementos




El gran desarrollo que  se ha producido en el último siglo en la síntesis farmacológica  nos ha permitido disponer de un auténtico arsenal terapéutico fruto de la conjunción de dos disciplinas, la botánica y la química. En Canarias tenemos un centro de investigación   que es toda una referencia a nivel internacional, el Instituto Universitario de Biorgánica Dr. Antonio González (IUBO-AG). Esta conjunción entre la botánica y la química ya se produjo dos siglos antes, en el siglo de las luces, y dió suficiente contenido científico a la farmacia para que se constituyera en una de las primeras cuatro facultades: Derecho, Teología Medicina y Farmacia. En esa época España estaba muy influida por dos culturas, la islámica del al-Ándalus y la imperial centroeuropea. El típico desglose de los profesionales de la salud entre Medicina Cirujía y Farmacia se lo debemos a la influencia árabe, en cambio la consideramos los farmacéuticos como nuestra Carta Magna es de origen centroeuropeo. Consideramos como tales a las Constituciones o edictos de Federico II que a su vez tiene un claro  origen mediterráneo.



Fueron los griegos los primeros en plantearse la naturaleza de la materia. Todo apuntaba a que cualquier sustancia debía estar formada a partir de una sustancia elemental. Tales de Mileto la consideró el agua, Anaxímenes creía que era el aire, Heráclito en cambio creía que era el fuego la sustancia buscada. Fue Empédocles en su poema “Sobre la Naturaleza” el que describió los cuatro elementos fundamentales, la tierra, el agua y el aire que vienen a equivaler hoy en día a las tres fases (sólido, líquido y gas) que siempre necesitará el cuarto el fuego o energía para convertirse el uno en el otro.
Platón y su discípulo Aristóteles introdujeron el concepto de elemento, lo que fue en realidad un gran avance  ya que el mundo ya no estaba constituido por una única sustancia que se manifestaba de diferentes modos ni tampoco estaba constituido por incontables sustancias diferentes. Aristóteles elaboró un esquema  por el cual a cada elemento adquiría dos de cuatro característica posibles (frío, caliente, seco y húmedo), así pòr ejemplo el aire era húmedo-caliente y la tierra era seca y fría.





Los árabes, en cambio, tuvieron una visión más espiritual o religiosa influenciados con los proceso de embalsamientos egipcios. Consideraban que tenían que ser siete lo elementos fundamentales relacionados con los siete cuerpos celestes. A través de los árabes la al-kimiya llegó a Europa. Creían éstos que todos los metales estaban formados por azufre y mercurio y fue Geber (760-815) el que obtuvo el ácido acético por destilación del vinagre con el ácido más corrosivo de la antigüedad. Faltaba por conocer una sustancia especial al-ilsir que sería capaz de transmutar los metales en oro y que en Europa se le llamó la piedra filosofal, capaz de conferir la inmortalidad, el elixir de la vida.

martes, 21 de agosto de 2018

Camino de San Bartolomé (III), surcando el atlántico por las costas de Portugal






Wladimiro Rodríguez Brito, exconsejero de Medio Ambiente, acaba de describirnos la realidad del campo lagunero que en esencia es la de nuestra comarca del Nordeste. La comarca agrícola por excelencia del municipio más agrícola de la isla. Lo ha llevado a cabo con cuatro magníficos artículos en los que no dudó en utilizar  una expresión de Pedro Molina para su título, La Laguna y los surcos. La utilización de los surcos como huella de trabajo y  laboriosidad  está muy arraigada en nuestra cultura cristiana. San Josemaría Escribá la utilizó junto con Forja para completar su trilogía de Camino. Ya la biblia nos describe a Jesucristo como el Camino, la Verdad y la Vida, como el ejemplo a seguir para una correcta vida cristiana. Parábolas como la del Sembrador o la del Trigo y la Cizaña han formado parte del cuerpo doctrinal  de la iglesia que por todos es conocido y que están en el origen de expresiones de ese tipo.



La búsqueda de la verdad, de lo que hay más allá de lo desconocido, ha sido un anhelo de todas las culturas. El Camino de Santiago es un ejemplo de este anhelo. Patrimonio de la Humanidad en 1993 y premio  Príncipe de Asturias de la Concordia en 2004,  al Camino de Santiago se le considera el origen de la construcción de Europa, y es en realidad la superposición de otro más antiguo que siguiendo el movimiento del sol terminaba en el “Finisterre”. Cualquier otra ruta que se pretendiese continuar necesitaba obligatoriamente ser acuática, sobre el océano Atlántico, la cual, siguiendo los puertos de cabotaje enlazaba también con  puertos mediterráneos como Venecia, Roma o Génova. Estas rutas establecieron las transacciones comerciales y forjó los lazos culturales entre los pueblos que nos han dado nuestra identidad.



En el siglo XII el dominico obispo de Génova, Santiago de Vorágine, recopiló todas las historias de los santos en su obra la Leyenda Áurea, un texto sin rigor histórico cuya finalidad era exclusivamente devocional. Tras la invención de la imprenta, dos siglos después, su influencia fue enorme. La iconografía que hoy tenemos sobre los santos se lo debemos a ella. De igual forma nos transmitió la posible conexión entre San Bartolomé y San Agustín. Fue San Ambrosio, el que convenció a  San Agustín para que abandonase sus inclinaciones maniqueas y abrazase las del cristianismo. San Ambrosio resaltaba que sólo San Pablo equiparaba en importancia a San Bartolomé probablemente porque ya era la devoción más popular de la Edad Media[i], sólo superado por el diablo. La historia que hoy en día conocemos sobre San Bartolomé la encontramos perfectamente narrada en ella, una historia que se repitió en todos los pueblos y que la podemos observar grabada en piedra en el enterramiento de Pedro I rey portugués (1320-1367) en el monasterio de Alcobaca. La especial devoción del rey portugués por San Bartolomé, derivado de su tartamudez, hizo plasmar su historia en piedra en su sepulcro y el de su amada Inés,  convirtiéndolo en uno de los exponentes máximos del arte funerario medieval en toda Europa.



La historia de amor entre Pedro e Inés, fue muy peculiar y ha sido narrado por cronistas, poetas y artistas de todos los tiempos y nacionalidades. Pedro se enamoró de la mujer inadecuada para su padre en el momento más inoportuno. Inés era la dama de compañía de la que era su pretendiente, Doña Constanza, en el momento que se le proponía como alternativa a la corona de Castilla. Alfonso IV, padre de Pedro no dudó en asesinar a Inés. Es la leyenda la que cuenta como Pedro I se vengó tras la muerte de su padre de los nobles que ejecutaron el asesinato de Inés de Castro.




            La historia  que utiliza Pedro para su sepultura, complemento de la de Inés, contiene en doce episodios  la vida San Bartolomé que incluye tres de su infancia que no aparecen recogidas en la Leyenda Áurea pero que eran conocidas por el pueblo. San Bartolomé fue raptado por el diablo, dejando en su lugar una figura diabólica que ni crecía ni dejaba de llorar. Abandonado Bartolomé en la montaña para que muriese de frío es recogido por un sacerdote judío que lo cuida durante tres años. Un joven Bartolomé regresa para desenmascarar al intruso. Estos episodios están descritos en el manuscrito flamenco nº 1116, fechado en el siglo XV de la Bibliothèque Royale de Bruselas. De esta creencia deriva el papel protector de San Bartolomé de niños tartamudos y con problemas psicológicos y la costumbre de los baños sagrados como los que se producen en las playas de Esposende al norte de Portugal en la conocida romería de San Bartolomé Do Mar. Esta romería va acompañado de un ritual a base de gallos como se repite en otros puntos del Camino de Santiago como en Santo Domingo de la Calzada o en el mismo Barcelos que da forma al icono más característico de Portugal. Las playas de San Bartolomé de la región de Braga son paso obligado para los peregrinos que desde Oporto se dirigían a Santiago de Compostela utilizando el camino de la costa.
El temor a la llegada del fin del mundo centraba todas las preocupaciones teniendo a Satanás como el verdadero protagonista de todas las historias, un temor que se alargó durante siglos como comprobamos en  el Beato de Liébana (Cantabria), que utilizó la narración del Apocalipsis de San Juan como verdadera arma teológica de la reconquista. Son muchos los que interpretan que esta conjunción de los hijos de Zebedeo, San Juan Evangelista narrando el Apocalipsis y Santiago el Mayor, el matamoros, simbolizan el origen de España. En el Beato podemos observar tanto al diablo amarrado, como a la protección femenina que simboliza a la Iglesia que con el tiempo daría origen a la figura de la Inmaculada Concepción.




En el caso del sepulcro de Pedro I, el papel protector de un San Bartolomé adulto aparece explicada a partir de la cuarta edícula que hace referencia a los episodios de evangelización por tierras de oriente. Estas representaciones descritas también en el Auto de los Apóstoles del monasterio de Alcobaca, así como en la Leyenda Áurea y el Acta Sanctorum:

“Es un hombre de estatura corriente, cabellos ensortijados y negros, tez blanca, ojos grandes, nariz recta y bien proporcionada, barba espesa y un poquito entrecana; va vestido con una túnica blanca estampada con dibujos rojos en forma de clavos, y con un manto blanco también ribeteado con una orla guarnecida de piedras preciosas de color de la púrpura. Ya hace veintiséis años que lleva esa ropa y las mismas sandalias; durante todo ese tiempo ni sus vestiduras ni su calzado se han deteriorado ni manchado”

El acto de exorcismo sobre la hija del rey Polimio están también representados en el sepulcro en una interpretación plástica de la liberación  de la princesa cuando la Leyenda Áurea narra:

“Haced lo que os mando; no tengáis miedo; no os morderá, porque yo tengo bien sujeto al demonio que la dominaba”

Esta seguridad sobre las criaturas de las tinieblas se deduce también de las cualidades físicas, al describir a Bartolomé como poseedor de una voz de sonoridad poderosa, característica que pudo haber contribuido a convertirlo en patrono de la tartamudez, defecto que sufría el propìo rey Don Pedro .



[i]  Sousa, A.C., Rosas, L.M..- Iconografía de San Bartolomé en el sepulcro de Pedro I (Monasterio de Alcobaca, Portugal)


martes, 17 de julio de 2018

Camino de San Bartolomé (II), un hospital medieval en Londres




En el año 1120, la Isla Tiberina recibió a un visitante de excepción, Rahere un sacerdote de la corte del rey inglés y  duque de Normandía Enrique I. Una tormenta de invierno había provocado  el naufragio de la embarcación real muriendo muchos de sus amigos. La depresión que le ocasionó le hizo decidir viajar en peregrinación a Roma siguiendo los pasos de San Pedro y San Pablo. Fue un viaje duro por mar y por tierra que duró más de un mes. Durante su estancia en Roma sufrió de fiebres tercianas (malaria) por lo que ingresó en el hospital de la Isla Tiberina. En los delirios provocados por la fiebre creyó verse capturado por una bestia de cuatro pies y dos alas que lo levantó en lo alto y lo colocó sobre una repisa. En su ayuda acudió una figura que se colocó a su costado y que él identificó como San Bartolomé, el cual le comunicó que en su nombre debería erigir una iglesia y un hospital para pobres en la ciudad de Londres. Por razones de espacio el lugar elegido debió ser fuera de las murallas de la ciudad en Smithfield que entonces formaba parte del mercado real. Se cree que el nombre de Smithfield es una modificación de “smooth field” (campo liso). El Obispo de Londres decidió la ubicación para las celebraciones y en 1122 se comenzó la construcción de un priorato agustino y un hospital en honor a San Bartolomé.



La evangelización de Inglaterra fue muy temprana y el cristianismo resistió las invasiones de sajones  y anglos. Pero al que se ha considerado apóstol de  Inglaterra es al monje benedictino Agustín de Canterbury (534-604), primer arzobispo. Eran estos monjes, que seguían la regla de San Benito, los encargados de custodiar las reliquias de San Agustín en Pavía antes de que lo fuese la orden de San Agustín. San Agustín es para  Inglaterra lo que   San Patricio  es para Irlanda o  San Bonifacio para Alemania.
En la época de Rahere, Europa estaba cambiando. En la baja edad media la población europea se duplicó, el campesinado se trasladó a las ciudades y el castellani dió paso al burgués. En la Iglesia ocurrieron también cambios y los monjes dieron paso a los canónigos regulares y al desarrollo de las órdenes mendicantes que tuvieron un papel crucial en la escuela escolástica. La mayoría de historiadores coinciden en considerar que las grandes modificaciones que hubo en Europa  se debió en gran medida al comercio, estando Londres en una situación privilegiada dentro del río Thámesis como puerto natural. El papel que Londres jugó luego en el comercio de indias la convertiría en la ciudad más poblada del mundo en el siglo XIX.



Si bien Rahere fue el inspirador de la Iglesia y el hospital, la dirección de la obra estaba en manos de un maestro albañil y el de las finanzas en las de  un canónigo  agustino. Rahere se convirtió en el primer prior de la Iglesia de San Bartolomé que mantuvo la vinculación con el hospital hasta 1539.



Se tuvo que hacer acopio de piedra, madera, cal, arena, plomo etc que serían utilizados por albañiles, carpinteros y diversos oficios de la construcción. El lugar donde vivían estos trabajadores se transformaría en un pueblo temporal. El lugar de la construcción se marcaba con cuerdas y estacas de madera, donde se excavaba y se rellenaba con piedras. Las paredes se construyeron como si se tratase de un sandwich, colocando piedras a ambos lados y rellenando el interior con escombros y morteros entre dos superficies de piedra. El método de construcción no ha cambiado a lo largo del tiempo exceptuando por las ayudas mecánicas que existen en la actualidad para los trabajos más pesados.





El poco conocimiento médico que existía entonces convertía a los hospitales en centros de cuidados más que de curación. Las iglesias tenían el deber de atender a los peregrinos y viajeros, así como a los pobres y enfermos del lugar. Las dolencias se consideraban castigos por el pecado. No sorprende por ello que la población recurriese a hombres y mujeres santos para ser curados y que los peregrinos visitasen santuarios en toda Europa en busca de ayuda. Los milagros eran registrados aumentando con ello la fama del lugar. Esta labor asistencial perduró prácticamente hasta el siglo XIX en las que la administración se hizo cargo de la pobreza y se aprobó la beneficencia. Hasta entonces ser “pobre de solemnidad” no era un calificativo peyorativo, sino todo un estamento poblacional que requería ser atendido.



 Un pasillo o ambulatorio circulaba por la parte trasera del altar mayor y comunicaba con el exterior donde el cultivo de plantas medicinales constituía uno de los pocos recursos disponibles contra la enfermedad. El saber, derivado de los conocimientos de los conventos y monasterios eran representados en láminas con fines didácticos donde se describían las características y virtudes de la planta. Estos podían tratase por una sola planta a los que se llamaban “simples o específicos” o bien  ser una combinación de varias de ellas. La referencia documental en la edad media de los medicamentos sencillos, fue La Materia Médica de Dioscórides. Pedacio Dioscórides fue un médico, farmacólogo y botánico de origen griego que ejerció la medicina como cirujano médico en los ejércitos de Nerón. Los cinco volúmenes de la Materia Médica describen más de 400 plantas, 90 minerales y 30 productos de origen animal que fueron la referencia y los antecesores de las farmacopeas europeas hasta el renacimiento.
Comprobamos con lo expuesto como muchas de las costumbres del medieveo se mantuvieron intactas hasta la actualidad a pesar de los grandes cambios poblacionales producidos. Se tendría que llegar al siglo XIX para que la sanidad sufriese el cambio que observamos en la actualidad de la mano de Pasteur y Kock descubridores de los microorganismos como  agentes causales de la enfermedad.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Hace dos siglos (II), Corazón de María






            Hace sólo unos meses nos dejó otro padre de un amigo, Victoriano Ríos, a quien tuve la oportunidad de entrevistar el año pasado. Me quedo con un gesto, el de su rostro de satisfacción cuando supo que no iba a preguntarle por él, sino por su padre.  Hace unos meses, me encontré también subiendo las calles del Realejo buscando a un coetáneo suyo.  Don José Siverio. De igual forma me quedo con su llegada, por su  preocupación de no estar seguro de si  estaría suficientemente documentado y a su despedida, “gracias por todo lo que he aprendido”. Son personas hechas de otra pasta, tienen la necesidad de enseñar porque a su vez necesitan seguir aprendiendo. A Siverio, cura en la actualidad de la ermita de San Sebastián del Realejo Bajo  le pregunté por qué  Tejina tenía fama de ser religiosa, la respuesta también me sorprendió. Tejina tenía fama de que los hombres iban a misa. Esta fama tiene que ser fruto de un trabajo bien hecho,  de una evangelización eficaz realizada  durante generaciones.
Nos encontramos investigando una época en Tejina,  lejana en el tiempo, pero que a medida la vamos conociendo se nos antoja muy familiar, sencillamente  porque las historias no hacen otra cosa que repetirse. Es  la época en la que Don Adolfo consideraba que se habían iniciado los Corazones de Tejina. Esta antigüedad tiene un gran valor, porque de ser cierta, la fiesta podría constituirse en una de las más antiguas de Canarias con carácter de continuidad. Su relación con la fiesta del Corpus parece inequívoca, el significado del doble corazón es, hoy por hoy,  mucho más interpretativo.



La conflictividad social del siglo XIX lo demuestra las cinco constituciones que tuvieron que ser aprobadas, pero interpretar la historia a través de sus pleitos sin hacer el más mínimo esfuerzo por contextualizarla la puede distorsionar. Ese siglo fue el del verdadero cambio, el del régimen absolutista al constitucional de las Cortes de Cádiz influido por la revolución francesa del siglo anterior. El reparto de poderes heredado de la Edad Media estaba aún vigente, clero, militares y el pueblo llano se lo repartían. Cada uno de ellos se vio en la necesidad de evolucionar y la Iglesia Ilustrada jugó un papel crucial. El clero canario fue una auténtica punta de lanza para la política que quiso ejercer Carlos III en el Nuevo Mundo. Fue la única diócesis de toda España que  dispuso de cinco obispos ilustrados y para la cual el realejero y archediano de Fuerteventura José Viera y Clavijo se convirtió en todo un icono. El Marqués de Nava siempre pensó en él como el primer Obispo canario, el mérito se le llevó Manuel Verdugo, el quinto obispo ilustrado.
No nos extraña, por ello, que se produjese pleitos como el  que mantuvo el párroco de Tejina, José Nicolás de León con la familia González y en concreto con su mayordomo Manuel Antonio González y que ésta se remontase en dos generaciones, a la de su abuelo José González Perera, alcalde y mayordomo a finales del siglo XVIII. La intervención de Francisco Carvallo, marchante de Luján Pérez, que había casado en Tejina con Francisca Rojas, la tía de Pepe Macana (José Rojas Martín), es ilustrativa cuando dice, en 1842 en plena revolución isabelina, que el juicio lo tiene que llevar a instancias superiores y fuera de la isla, por la influencia que el párroco ejercía sobre el pueblo. Nuevamente salía a relucir es argumento muy repetido de la “ignorancia” del pueblo llano al que tenía manipulado de párroco y que en realidad, lo único que escondía, era el temor de la nueva burguesía agraria a que el pueblo comenzase a estar convenientemente informado.




Si algo caracterizó desde el punto de vista católico a este siglo XIX fue sin duda la aprobación de la bula papal   Inefabilis Deus, dictada por Pío IX un 8 de diciembre de 1854, por la cual se aceptaba la imposibilidad de que a Virgen María hubiese nacido con pecado original ya que en su seno se había encarnado el hijo de Dios. El día elegido no fue casual, nueve meses antes de una tradición ancestral, la natividad de la Virgen María, el origen del año litúrgico bizantino. Esta aprobación fue la conclusión de siglos de debates dentro de la iglesia, no en vano la iglesia matriz de Tenerife está bajo su advocación, la Iglesia de la Concepción de la Laguna. Los cultos marianos y los sacramentales ya se daban en Sevilla durante la conquista de las islas. La hermandad y esclavitud de Nuestra Señora de la Concepción  data de 1533, e incluía los cultos marianos y sacramentales. Tuvo un fuerte carácter asistencial y una presencia femenina preferente, a las que se les refería como hermanas o dueñas. La constitución de la hermandad del Santísimo Sacramento fue posterior, en la segunda mitad de ese siglo XVI. Pero tanto el culto sacramental como el mariano fueron de la mano en sus orígenes porque ambos eran consecuencia del concilio de Trento que muchos consideran la contrarreforma protestante.
En origen, la forma de representar a la virgen era con el niño en brazos en una clara alusión a la maternidad divina y a la que se le llamaba la Concepción Franciscana. Fueron los aires del barroco la que les despojaron al niño de sus brazos.
Fue en siglo XVII cuando se acrecentó el debate concepcionista entre franciscanos que estaban a favor y los dominicos que eran sus detractores. En el siglo siguiente Carlos III, gran devoto concepcionista, elevó su prestigio tanto en España como en América.




En el siglo XVIII, en la iglesia de la Concepción de La laguna, se festejó el novenario del 15 de agosto que se culminaba el 24 de agosto día de San Bartolomé con procesión por la plaza del Santísimo, la Virgen y el Santo. La proclamación del dogma en 1854 ocasionó unos festejos el 14 y 15 de agosto de 1855 en el que el ornato de la iglesia adquirió un aspecto lujoso con colgaduras, doseles, luminarias  frontales de plata. Mientras que el exterior había colgaduras de las casas luminarias y faroles en la plaza, un arco de triunfo con una estrella de varas de colores que la remataban…. El cortejo iba acompañado por un grupo de niñas vestidas como de ninfas otras haciendo de librea y ángeles que tiraban flores al paso de la procesión, mientras cerraba una tropa de milicias provinciales con su banda de música [i].Estas novenas tenían especial fama en Tejina por coincidir con el Corpus que se celebraba el día del patrón. Nuevamente el día de las Vírgenes como novena del Corpus por San Bartolomé, devociones marianas y sacramentales.
La festividad de la Inmaculada Concepción ha tenido por tanto una gran incidencia en nuestra cultura hispana, no en vano es la patrona de España. También lo es del arma de Infantería  y de los farmacéuticos. El motivo de su elección en el caso de infantería fue la victoria in extremis que se obtuvo en Flandes frente a los Calvinistas durante la guerra de los ochenta años y para lo cual fue milagroso la congelación de los ríos en el monte de Empel un 8 de diciembre de 1585. El rey Carlos III, devoto concepcionista consiguió autorización papal en 1760 para el nombramiento de la Inmaculada Concepción para nuestra nación.
 En el caso de los farmacéuticos su elección es también anterior a la aprobación de la bula, comenzó siendo una devoción de las facultades. Los farmacéuticos siempre hemos querido creer que el concepto de purísima iba ligado al de pureza de los productos químicos que empleamos. Lo cierto es que el apoyo de los gremios de farmacia en 1854 a la bula desde  las recién creadas facultades terminó incluyendo en la ordenación de la facultad de farmacia la advocación a la Inmaculada Concepción y por mimetismo a toda la profesión.




En plena auge concepcionista surgió en La Laguna la cofradía del Santísimo e Inmaculado Corazón de María el viernes de Dolores de 1850. Se centralizó en Tenerife en el seno del monasterio de las Monjas Claras de La Laguna, en el altar de Nuestra Señora de los Dolores. Esta devoción  se había iniciado en la iglesia parisina de Santa María de las Victorias como iniciativa del papa Gregorio XVI. Tan solo dos años después, en 1852, estando como párroco Juan Espinosa y Salas se fundó la cofradía del Corazón de María en Tejina. Uno de los principales impulsores de la devoción fue el párroco Eduardo de Mesa, Don Fausto que ejerció en Tejina durante 38 años (1859-1897).  Don Fausto fue el continuador en la segunda mitad del siglo XIX de una devoción mariana que había surgido en el siglo anterior con el alcalde y capitán Don Tomás Suárez de Armas como mayordomo de la cofradía  de Nuestra señora de los Dolores (1776-1842) y que entró en decadencia al final de su vida coincidiendo con las políticas desamortizadoras.  Esta devoción que siguió creciendo tal y como podemos comprobar con la participación destacada de Tejina  en los actos conmemorativos del quincuagésimo  aniversario de la definición dogmática de la Purísima Concepción de La Laguna. En definitiva, destacan cinco párrocos en este siglo XIX que sin duda transmitieron esta devoción mariana. Los hermanos Quintero y Estévez,  el agustino José Nicolás de León, Juan Espinosa y Salas y Don Fausto, Eduardo de Mesa que con toda probabilidad utilizaron la devoción popular de los Corazones como herramienta evangelizadora. Un doble Corazón, uno pequeño y otro grande, que podría significar esa maternidad divina de María con el Niño Jesús, con siete flechas o banderas, tantas como dolores tuvo la Virgen, una ofrenda de pan y vino, de frutas y tortas, como tradición anterior incluso al cristianismo y que nos llega de oriente  y un ramo de flores en la parte superior como verdadero símbolo del origen cristiano, como lengua de fuego que se posa en la cabeza de los apóstoles.






1.       [i] La Laguna y su parroquia matriz. Estudios sobre la Iglesia de la Concepción. Juan Alejandro Lorenzo Lima.


martes, 22 de mayo de 2018

Camino de San Bartolomé (I), la isla tiberina






La prosperidad del imperio romano fue debida en gran medida a su capacidad para mantener unidas a todas su provincias. Tan importante era para el imperio las minas de estaño de Britania (Inglaterra), como las de sal de Dacia (Rumanía). Lo que marcó las diferencias con el imperio griego fueron sus vías de comunicación que eran claves para mantener esta unidad, y para lo cual, la flota y sus puertos eran fundamentales.  Subir en las barcazas por el río Tíber desde Ostia hasta Roma debía de impresionar a los navegantes. Se encontraban  de improviso con una isla en medio del río con forma de barco que se comunicaba con la ciudad por sendos puentes, los puentes de Fabricio y Cestio. Para los ya conocedores de la isla el efecto tampoco podía ser muy tranquilizador al tratarse de un espacio que aunque hospitalario también les recordaba  que era un lugar para el aislamiento  de la enfermedad y de la muerte. Esta isla Tiberina a la que se le conocía en  épocas paganas  como “Insula Aesculapii” se volvía tristemente visitada en épocas de peste.



Contaba la leyenda que en el año 293 a.C. Roma sufrió una terrible peste y después de dos años de sufrimiento se consultaron los Libros Sibilinos para encontrar un remedio en Epìdauro (Grecia), donde el famoso santuario de Asclepio tenía la serpiente viva convenientemente consagrada con las virtudes positivas de su veneno. A una delegación romana se le encomendó traer esta serpiente y cuando subían el río la serpiente escapó y arenó indicando el lugar donde construir el templo para la nueva divinidad griega. El santuario se convirtió entonces en una especie de hospital donde, después de la purificación del cuerpo, por la noche se procedía al “incubatio”, o sea un sueño profético que a menudo conllevaba una curación milagrosa. Con el cristianismo esculapio fue sustituido por los santos milagrosos en especial por aquellos a los que se le reconocían cualidades sanadoras como San Bartolomé que en Armenia había curado de epilepsia a la hija del rey lo que en la época se le consideraba una especie de exorcista. Entre las mismas columnas del templo de Esculapio en el siglo XI se erigió la iglesia de San Bartolomé de la Isla y con los rezos nocturnos se esperaba el milagro igualmente eficaz. La Iglesia fue edificada por el emperador Onorio III para recordar el mártir Adalberto, pero desde que se dedicó al apóstol San Bartolomé se acogen a enfermos y esta tradición ha continuado a través de los siglos, llegando a nuestros días. Las reliquias de San Bartolomé se encuentran custodiadas bajo sus columnas. Comenta la leyenda que siguieron todo un periplo marinero desde armenia protegida en cofres de plomo llegaron a la isla de Lipari, cerca de Sicilia y bajo la presión sarracena se trasladaron a Roma.



En la Edad Media la asistencia sanitaria que efectuaban los monjes proporcionaban hospitalidad y compasión más que verdaderas intervenciones terapéuticas. Fue en los monasterios donde se conservó el saber heredado del imperio romano y  la orden benedictina seguidora de San Benito de Aniano (750-821) la que compiló las diferentes reglas en la Concordia regularon basado sobre todo en la orden del Obispo de Hipona. Fueron los Benedictinos los responsables de las reliquias de San Agustín de Hipona que siguieron un periplo marinero similar a las de San Bartolomé, la presión sarracena trasladó las reliquias del santo a la ciudad de Pavía en el año 722 que se conservan en una caja de plata en la basílica de San Pedro in Ciel d`Oro. En 1213 se transfirió su custodia a los canónigos regulares de San Agustín que se consideraron desde entonces los herederos directos del estilo de vida del Obispo de Hipona considerando a San Agustín el pater cononicorum.



La entrada del nuevo milenio supuso cambios en todos los órdenes, se cree que la población europea llegó a duplicarse gracias a la falta de epidemias, benignidad del clima y mejoras en la producción agrícola. El estado feudal declinaba y se consolidaba las nuevas monarquías. La población se trasladó a las nuevas urbes surgiendo la burguesía como nuevo grupo social. El románico daba paso al gótico mucho más luminoso debido a que el peso de las techumbres ya no recaía sobre las paredes sino sobre las columnas, convirtiendo a las catedrales, vivienda del obispo, en el principal centro social. En este ambiente surgieron las órdenes mendicantes, que no eran ni eremitas, ni monjes, ni canónigos regulares que pretendían retomar el proceder y la forma de vida de los primeros cristianos abriéndose a la nueva sociedad. La formación monásticas dió paso a la escolástica y los monasterios pasaron a llamarse conventos. Así aparecieron autores mendicantes de la talla de san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino entre los dominicos o de san Buenaventura, Alejandro de Hales y el beato Juan Duns Escoto en la corriente franciscana.



El IV Concilio de Letrán quiso poner orden entre todos los grupos considerados como heréticos que surgieron. De igual forma quiso dotar de cierta organización a todos los grupos ermitaños, entre ellos a los de la región de Tuscia, que rebasaba  la actual Toscana y que junto con la de Siena llegaban a la misma Roma. En 1243 cuatro frailes solicitaron al Papa la unión de estos ermitaños bajo la regla de San Agustín. La orden se constituyó como tal en 1252 con el nombre primero de Hermanos Ermitaños de la Orden de San Agustín de Tuscia. Con el tiempo fueron los encargados también de la custodia de los restos de San Agustín de Pavía depositados en la basílica de San Pedro in Ciel d`Oro.
A partir del año 1500, la isla tiberina se convirtió en un auténtico centro hospitalario con médicos y laicos. Entre ruinas y epidemias apareció en la isla tiberina en 1527, un hombre nuevo con el deseo de llevar consuelo y alivio a las penas de los enfermos, se trataba del español Juan de Dios, fundador de la congregación de los Hermanos Hospitalarios, que se encargará del cuidado de los pacientes ingresados en la Isla de Esculapio